Teniendo como preámbulo los antecedentes ya
mencionados, la presente investigación se basa fundamentalmente en analizar e interpretar la
conformación espacial del Parque
Zoológico Benito Juárez, exponiendo
cómo y de qué manera impactó en la modificación y aprehensión del paisaje en la
ciudad de Morelia. En otras palabras, será importante destacar las etapas
“históricas” y el significado que ha adquirido desde su creación como parque
hasta su conformación como zoológico y para ello la utilización y comprensión
del concepto de paisaje integrado al análisis será fundamental.
Para iniciar, primero es
necesario comprender el concepto de conformación, el cual se refiere a la
colocación y/o distribución de las partes de un todo. Así, estructurando la
concepción del objeto de estudio se puede decir que la conformación del parque-zoológico
se refiere la colocación y distribución de las partes que lo componen, ubicado
cronotópicamente en una temporalidad pasada y en un lugar que a lo largo del
tiempo se ha ido modificando.
Es de destacar que la
primera aparición del parque en un documento cartográfico data de 1898. En el
plano de la ciudad destacaba la creación en la zona sur el parque, fuera de la
mancha urbana. En este sentido las transformaciones lentas de los asentamientos
van conformando rasgos persistentes, tal como lo afirma Marina Waisman al
mencionar que: “…pueden considerarse como elementos de larga duración en
nuestros países (latinoamericanos) la traza urbana, la vocación urbana y el
sentido vial de la calle”[1], aspectos fundamentales en
la conformación de los asentamientos.
El hablar de una postura
teórica para el tema de paisaje conlleva a tomar en cuenta aquellos conceptos
fundamentales no solo para interpretar un medio físico, sino reconstruir un
medio ambiente pretérito y así poder analizarlo para realizar una lectura que
permita identificar a nivel espacial aquellos elementos de importancia dentro de
la conformación del parque-zoológico.
Desde una perspectiva
actual, la importancia de los estudios de paisaje ha servido para llevar a cabo
proyectos de ordenación y planificación del turismo, siendo por tanto “un
instrumento que ayuda a comprender el papel que juega el hombre en un medio
ambiente, identificando áreas prioritarias, valorando su estado y proyección”.[2] Sin
embargo, se debe estar consciente de que una interrelación ha fungido como una
constante en los estudios de paisaje, esta es la interrelación físico-ecológica
y cultural, la cual se sintetiza en una imagen final. Así, aunado a lo
anterior, el paisaje es definido como “la apreciación visual de un territorio, por
lo tanto es necesario incorporar la percepción que tienen los individuos del mismo”.[3] Se está entonces en una
posición en la que no se pueden dejar a un lado los aspectos físicos, de los
cuales para el objeto de estudio es fundamental, pues es la misma geografía
física la que proporciona los elementos tangibles, lo que se complementa con el
análisis y percepción que se le da como investigador en el más amplio sentido
de la palabra.
De esta manera, se
considera relevante retomar la idea de que el paisaje se convirtió en un objeto
de estudio esencial de la geografía desde principios del siglo XX, en donde se
asegura por un lado esa interrelación con aspectos físicos y naturales. La
combinación de fenómenos en la superficie terrestre se traduciría en diferentes
tipos de paisajes, de morfologías territoriales; “…eso ocurre a diferentes escalas,
desde la escala regional a la urbana. Si en la primera cada región se traduce
en un paisaje diferenciado – y en alemán Landschaft expresa a la vez el paisaje
y la región- a la escala urbana puede hablarse del paisaje de una ciudad, de un
barrio o de un sector determinado.”[4]
Así, se habla de que la percepción de un paisaje girará en torno a la persona de quien lo observa, contempla, analiza y construye, dependiendo de su grado de apreciación o interés sobre ciertos elementos físicos, los cuales si se analiza detenidamente, los aspectos físicos representan una base sustancial en su ubicación, pues como se ha mencionado, los estudios del paisaje han sido siempre un tema que ha resultado de gran interés desde el punto de vista geográfico. En este sentido se ha sugerido que en geografía se aceptan distintas formas de definir el paisaje:
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[…] la parte visible del
espectro territorial que podemos captar con nuestros sentidos; la fisionomía
que resulta de la combinación espacial entre elementos físicos y acción
humana, el complejo de sistemas relacionados que forma una parte reconocible
de la superficie de la Tierra o, como dijera Hettner en 1905, la
materialización objetiva de la relación, la espacialidad y el tiempo.[5]
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Por tanto se pueden
identificar dos aspectos fundamentales en el concepto de paisaje: por un lado,
la existencia de elementos materiales, físicos y reales que existen dentro de
una superficie terrestre y por otro la construcción mental que pueda percibirse
por parte de un observador, generando por tanto una imagen del territorio con
cierto valor, “más una creación de la mente humana que una realidad en sí
misma”.[6] Se
observa pues, que se habla de dos enfoques casi opuestos, pero que a la vez son
indispensables uno del otro para construir un paisaje, es decir, ambos son
complementarios.
Se debe por tanto, considerar que la conformación del parque durante finales del siglo XIX es una evidencia del pasado y que para su comprensión se cuenta con una trascendencia temporal que permite estudiarlo y analizarlo a partir de su estado actual; sin embargo se tiene que estar consciente de que dicho estado actual es solo un aspecto auxiliar y complementario, pues la evolución y los cambios que ha sufrido son dignos de considerarse, por lo que “complementadas con el análisis de otras fuentes históricas, hacen posible interpretar y recordar en forma cotidiana, aspectos importantes de la evolución”.[8] Aunado a esto, la observación actual de un paisaje “permite definir unidades territoriales con cierta coherencia morfológica y funcional. Sin embargo para entender la totalidad del objeto geográfico se deben de estudiar también los hechos históricos que fueron determinantes en la elaboración de las características y las transformaciones del sistema geográfico.”[9]
Se habla entonces que una de las cualidades del paisaje es la composición física, a través de la cuál se generan formas y escenarios visuales, los cuales pueden ser percibidos por el hombre. Es así como la complejidad que un paisaje genera, sugiere cierta organización para el hombre en donde las formas y cada uno de los componentes están dispuestos todos ellos bajo un orden espacial (lo que bien se puede denominar como conformación) y temporal que, al ser percibido por el hombre, le sugiere una cierta forma de organización – o de desorganización – del territorio, dependiendo claro, del esquema espacial de referencia.
La interpretación de un paisaje sugiere una elaboración mental en donde la imaginación juega un papel fundamental para recrear aspectos del pasado; así, el paisaje entendido como fenómeno cultural, “es una convención que varía de una cultura a otra, esto nos obliga a hacer el esfuerzo de imaginar cómo es percibido el mundo en otras culturas, en otras épocas y en otros medios sociales diferentes del nuestro”.[10]
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[…] En cuanto metáfora,
el sentido que la palabra misterio
adquiere en su desplazamiento
nos conduce en estos versos de lo
religioso a lo poético, en la medida en que toda poética es revelación de verdades ocultas, algo
aceptado en la filosofía occidental
desde Platón hasta Heidegger. Si aceptamos esta interpretación como posible, nos encontraríamos con
aquello que traba los elementos
físicos de un lugar hasta hacerlo
paisaje es lo misterioso, es decir, lo revelado a través de la poética, lo
reservado, lo subjetivo, lo interpretativo. Efectivamente, sólo hay paisaje
cuando hay interpretación y ésta es siempre subjetiva, reservada y poética o,
si se quiere, estética.[11]
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Pero más que una metáfora, se debe considerar que la interpretación de un paisaje debe depender o mejor dicho, debe enfocarse a la explicación de la conformación del parque en determinadas etapas históricas, y bajo circunstancias particulares, es decir, situaciones que la misma historia nos señala. Y para ello los aspectos físicos se deben considerar como la base para la interpretación:
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[…] Existen unos
elementos físicos, como montañas, valles, bosques, ríos, praderas,
asentamientos humanos, costas o rebaños de animales, que son mensurables y
cuantificables y, como tales, pueden ser objeto de narraciones literarias y
catalogaciones científicas o pueden ser descritos y registrados en documentos
notariales y mercantiles, también pueden ser representados en dibujos o
planos y recogidos en fotografías. Estos elementos, entre otros constituyen
el sustrato físico de lo que entendemos por paisaje.[12]
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Para nombrar el conjunto de esos elementos se utiliza el término paraje que designa un sitio o lugar dispuesto de una manera determinada. Pero para que esos elementos sean nombrados y adquieran la categoría de paisaje, para poder aplicar con precisión ese nombre, es necesario que exista un observador que contemple el conjunto y que se genere un sentimiento, que lo interprete emocionalmente:
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“El paisaje no es por lo
tanto, lo que está ahí, ante nosotros, es un concepto inventado o, mejor
dicho, una construcción cultural. El paisaje no es un mero lugar físico, sino
el conjunto de una serie de ideas, sensaciones y sentimientos que elaboramos
a partir del lugar y de sus elementos constituyentes. La palabra paisaje
reclama una interpretación, la búsqueda de un carácter y la presencia de una
emotividad.”[13]
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El tema del paisaje como
una herramienta de análisis para comprender y acercarse a la interpretación pretérita-histórica
del parque-zoológico será de gran utilidad, pues es a través de la observación
directa y/o trabajo in situ, junto
con la comparación que se ha realizado con las fuentes de información que se
puede interpretar de una manera más clara esa evolución histórica, por lo que
su reconstrucción o mejor dicho, su reinterpretación, es un reto ante los
cambios que haya sufrido hasta el momento.
[1] Marina Waisman, El interior de la Historia; historiografía arquitectónica para uso de
latinoamericanos, Bogotá, Editorial Escala, 1990, p.131.
[2] Guillermina Fernández y Aldo Guzmán Ramos, “La importancia de los estudios de
paisaje para la ordenación y planificación del turismo: estudio de caso en Argentina”,
Instituto de Geografía UFU, España, [Fecha de consulta: 25 de marzo de 2007],
<http://www.ig.ufu.br/revista/volume13/artigo01_vol13.pdf>.
[3] Ibidem.
[4] Horacio Capel, op. cit., p. 67.
[5] Arturo García Romero y Julio Muñoz Jiménez, El paisaje en el ámbito de la geografía III,
México DF, UNAM, 2002, p. 15.
[6] Ibidem.
[7] Javier Maderuelo, El paisaje, génesis de un concepto, Madrid, Abada Editores, 2005,
p. 17.
[8] Alberto S. J. de Paula, “Las trazas de
ciudades históricas iberoamericanas y su valor testimonial. algunos casos
de la argentina hispánica”, ICOMOS, [Fecha de consulta: Mayo
de 2006], <www.esicomos.org\SEMINARIO INTERNACIONAL
DE CIUDADES HISTÓRICAS IBEROAMERICANAS-TOLEDO 2001.htm>
[9] “Geografía histórica: evolución de paisajes”,
[Fecha de consulta: Mayo de 2007], <http://www.colmich.edu.mx/docencia/cegh/lineas/geografia.htm>.
[10] Javier Maderuelo, op. cit., p. 17.
[11] Ibidem, p. 35.
[12] Ibidem.
[13] Javier Maderuelo, op. cit., p. 17.
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